MIS “PLANTAS”

Estas son las cosas que ocurren en mi casa. No creo que ocurran en ningún otro lugar del planeta.

¿Qué es lo habitual? Pues lo habitual es que si quieres tener una planta, te compres una, o la plantes tú, que la riegues, que la cuides (que si poco sol, que si mucho sol, que si esta con un poquitín de agua, que si a esta hay que ahogarla…), que te ocupes de ella, y, en fin, se supone que así crecen y crecen y pueblan tu cuarto de estar o tu balcón. Un ejemplo, nuestra amiga Ana. Ella planta, cuida, y ya. Obtiene unas plantas de lo más aparentes.

Bueno, pues esto a mi me parece magia. Magia blanca, magia negra o multicolor, no sé, pero magia. Yo planto, y cuido. Y a veces es por mucha agua. A veces es por poca. A veces es por mucho sol. A veces es por mucha sombra. A veces, porque no estoy dispuesta a hablarles. A veces, como me ocurrió una vez, por los humos tabaquiles de mis compis de piso. Total, que se mueren.

Oye, que yo me lo curro. Una vez me regalaron un cofre de madera con varias plantas, de esos que se venden para regalo. Pues aquí la nena fue capaz de comprar tierra, macetas, y trasplantar cada planta a un hábitat individual. Como las plantas eran diferentes, me preocupé de saber cómo se llamaba cada una, buscar en internet, me descargué las fichas de cada una, y seguí lo que debía ser el modus vivendi de cada cual. Pues nada. Murieron todas. Esas fueron por los humos, creo.

Otra vez me regalaron una violeta. Me gustó mucho. Recuerdo que me hizo mucha ilusión. Y puse mucho empeño. Me duró casi un año, hasta que nos mudamos, y claro, no sobrevivió a la mudanza.

El caso es que yo cuido una planta y va ella, y se muere. Unas desagradecidas, es lo que son.

Pero vuelvo a lo mismo: lo que no pase en mi casa, no pasa en ningún sitio. En mi casa, si se cuida a una planta, esta se suicida. Pero si les da la gana de vivir, no solo viven, sino que aparecen por si mismas, por arte de birlibirloque, donde les da la gana y en los lugares más insospechados. Os cuento.

Hoy estaba yo por la mañana haciendo la cama del enanito y me dice mi marido desde la cocina: “Vancouveeeeer, ¿tú has visto dónde nos ha crecido una plantaaaa?”

“¿Una plantaaaaa?”

“Ven, ven”.

Ay, madre, he pensado, que habrá hecho el renacuajo esta vez. Nos esconde galletas entre los libros del cuarto de estar y chupetes detrás de vete tú a saber dónde, y luego, los saca cuando le interesa una cosa u otra. Así que a saber qué podía haber hecho esta vez.

Me acerco a la cocina y veo a su señor padre con el armario donde guardamos las cebollas abierto, mirando hacia ellas con cara de estar viendo un extraterrestre. “Ven, ven”, dice con cara de misterio.

Empiezo a acercarme muy lentamente. A ver si es que ha salido algún bicho y me muero de asco, ¿sabes?

Por fin me asomo.

Y allí estaban, mis dos últimas cebollas, en su lugar habitual, con su malla puesta todavía y todo (así no se desparraman). Y no veo nada raro.

“¿¿Quéee??”, preguntó yo mirándole con cara de “qué pasa ahora”. Y él, sin decirme nada, me señala hacia adentro del armario, pero un poco más arriba de las cebollas. Y lo veo. Un tallo verde que te quiero verde, allí, en medio de mi armario, y cuando miro a ver de dónde sale… ¡que sale de una cebolla! Me doy cuenta que una de mis dos cebollas… ha florecido, o como se diga.

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Nos miramos. “¿¿¿Y estoooo???”. “No sé”, me dice él, aguantándose la risa. “Te crecen las cebollas”. Gracioso.

Luego creo que ya he entendido algo de lo que ha pasado. El sitio donde van las cebollas y los ajos es un armario que hay justo encima de la campana extractora. Así que me imagino que el calorcito habrá hecho de las suyas. Pero llevamos casi un año en Villa Tremenda, guardando ahí los ajos y las cebollas y no nos había pasado esto.  Y tampoco llevaban tanto tiempo ahí, vaya.

Quizá llame a Iker Jimenez y le cuente… lo mismo monta una exposición con mis cebollas, mis plantas y mi campana extractora. ¡¡En Villa Tremenda iban a flipar!!

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SUEÑOS PETRIFICADOS

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En mi casa nos suele gustar ver los concursos de talentos; nos convertimos en jurados autorizadísimos, e incluso debatimos entre nosotros sobre los concursantes. Nos lo pasamos bien y se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta.

Y viendo estos concursos acabas escuchando una frase unas mil veces, una frase  que a mi, en particular, no es que me moleste. No es que me chirríe un poquillo.

Es que me cabrea.

Antes solo me cabreaba un poquito, lo justo para que se me olvidara en cuanto cambiaban de tema. Pero lo dicen tantas veces, lo machacan de tal manera, que ahora cada vez que la oigo suelto un resoplido que me oyen en Tombuctú.

Seguro que la habéis oído tanto como yo: “No dejes nunca de perseguir tu sueño”.

Mira, mira mi brazo: sarpullido, me sale.

Es una frase que al principio, incluso te suena bien, ¿verdad? Pero a fuerza de repetirla, y repetirla, y sobre todo, repetírsela siempre al mismo perfil de concursante, ya toca fondo.

Vale, entiendo su mensaje cuando es la primera vez o la segunda, o incluso la tercera, que una persona intenta algo y no lo consigue. Pero si ya van años y años intentando algo, ya es hora de pensar que algo falla, o el objetivo o los medios utilizados; hay que revisar algo, ¿no? Oye, pues no. Les dicen algo así como “yo te voy a volver a decir que no, pero tú sigue intentándolo”.

Me da la sensación de que el mensaje es: “aférrate a un ideal. No importa que no valgas para eso, que no tengas cualidades o que tu casa se esté incendiando en este mismo momento… tú sigue intentando conseguir tu sueño”. El sueño se convierte en la panacea, en un ideal por que merece la pena sacrificar todo lo demás por él, aun cuando no se vaya a conseguir nunca.

¿De verdad eso nos hace felices?

Los sueños están muy bien, pero no creo que haya que tener un sueño permanente y petrificado durante toda la vida, independientemente de los vaivenes de la vida; los sueños van y vienen, se transforman y evolucionan, como evoluciona la propia persona que los tiene. Hay que saber cuándo hay que poner punto final a algo. Es tan importante saber finalizar algo como empezarlo. Y es importante que no sea un drama.

Me cabrea que se identifique el dejar un sueño sin cumplir con la debilidad personal o la desconfianza en uno mismo (uffff, la de veces que he oído eso). Hay sueños que hay que dejar que se alejen. Es lo sano, lo que nos confiere fortaleza y nos afianza en nosotros mismos. Evolucionar. Si no lo hiciéramos, en el mundo solo habría médicos, bomberos, futbolistas, cantantes y  actores. Y todos con ocho años mentales, claro. O al menos, solo estos serían felices, porque han “conseguido sus sueños”; ¿qué pasaría con los conductores de camiones, con las amas de casa, o con los barrenderos? ¿es que ellos “no han cumplido sus sueños”? ¿no será que han sido lo suficientemente inteligentes para variar el rumbo de sus sueños y no ponerlos solamente en un éxito profesional sin precedentes? ¿es que cuidar de nuestra familia no puede hacernos felices? ¿o es que no me puedo tomar el trabajo simplemente como un medio para vivir, y poner mi felicidad en otras cosas?

Entendería que no deberíamos dejar nunca un sueño si la vida fuera una línea recta. Pero es que la vida es una gran olimpiada: hay alturas, hay lagos, ríos y mares; hay grandes llanuras y tortuosos caminos pedregosos; ni las primeras aseguran la felicidad ni los segundos la impiden. ¿Cómo vamos a fijarnos siempre el mismo sueño en todas las situaciones y circunstancias? No insultemos a la inteligencia por favor, que para algo nos habrá sido concedida.

Enseñemos a las personas a pasar página cuando es necesario, sin culpabilidades, y avanzando en la vida siendo felices.

(Imagen: detalle de “Ofelia” de John Everett Millais, 1852)

FELICES 50

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Felicidades. Hoy cumples 50. Medio siglo. Casi nada. Y te regalo, entre otras cosas, una entrada. Ya ves, un post extra solo para ti. Una entrada a mi mundo virtual. Un post-regalo por tu cumpleaños. Porque no es un cumpleaños cualquiera.

Son cincuenta tacos, chaval. Casi na. En casa, hoy, no habrá regalos caros, aunque me encantaría regalarte el Museo del Prado envuelto en papel celofán con un lazo rojo. O la Torre Eiffel decorada con luces de Navidad. O el Hermitage empaquetado con plástico de burbujas y envuelto en papel metalizado dorado. Pero no, no habrá regalos caros. Ya tenemos el mejor regalo que nos podemos hacer,  caminar juntos, caminar hacia adelante, pasito a pasito, ahora a pasitos más cortos, porque los pasitos ahora nos los marca un enanito de dos años, casi.

Vamos caminando, a veces en línea recta, a veces en zigzag, a veces bailoteando y a veces a la pata coja (sobre todo yo, ¡ja!). Pero caminando, con la mirada puesta en el futuro. Y a veces, no caminamos porque sencillamente, como decía Nowanda, nos reservamos el derecho a no caminar. Y a veces uno camina despacito mientras el otro se queda quieto, y luego se detiene a esperar a que el perezoso dé un salto para colocarse a la par. Y a veces es uno. Y a veces es el otro. Y casi siempre nos turnamos para estar de bajón, que casi nunca coincidimos, y así siempre queda uno arriba para tirar del compañero y colocarlo a su altura.

Y soñamos juntos, y soñamos a la par, y eso es algo que nadie nos lo podrá quitar, porque soñamos juntos que estamos juntos para siempre.

Y luchamos a la par. Uniendo fuerzas, coordinando voluntades y cualidades. Que mira que somos diferentes. Pero lo que yo no tengo lo perfilas tú de maravilla y de lo que a ti te falta a mi me suele sobrar. Y unimos hombro con hombro, y seguimos cada día cavando zanjas en el pedregal de la vida, y sembrando semillas de amor y voluntad, que luego vete tú a saber, lo mismo se convierten en un vergel de oportunidades.

Y arreglamos el mundo desde la galería, con un café y un cigarrillo en la mano, que si en el mundo pusieran en marcha nuestras ideas, ya te digo yo que algo mejor íbamos a estar. No iba a hacer falta tanta ONG, ¿a que no?

Y lo hacemos todo juntos, hasta discutir. Porque si queremos discutir, no tenemos más que buscarnos, y nos encontramos. Ambos sabemos que el otro es el mejor rival que se puede encontrar para discutir. Y en el contraste encontramos la verdad del otro, que sigue siendo verdad, al fin y al cabo.

Lo dicho, felicidades. Has aprendido muchas cosas en estos diez lustros, supongo. Pero yo hoy quiero enseñarte algo que todavía no has aprendido.  Algo que no hay manera de que se te quede en la cabeza (esa almendra que tienes), algo que todavía no acabas de captar, algo que se escapa a tu entendimiento. Algo que, probablemente, negaré haber dicho cuando discutamos, pero da igual, porque queda por escrito.

Entérate de una vez: ERES GRANDE, tío.

 

 

(Imagen: Pixabay)

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

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El otro día me encontré en el muro de Facebook de Orlando Durán con un vídeo que se ha convertido en viral; pertenece a A Plus y está patrocinado por la Strayer University, y muestra un experimento que hicieron en las calles de Nueva York, plantando en medio de la calle una pizarra con la pregunta ¿de qué te arrepientes? Os dejo el enlace para que le echéis un vistazo: https://www.facebook.com/orlandoduran/videos/819236491537037/

He intentado dejar el vídeo aquí mismo, como hice en un post anterior, pero ahora WordPress me dice que si quiero incluir vídeos en las entradas tengo que pagar. Y no es que sea mucho dinero, 99€ al año, pero como que no. Sobre todo, porque me dejaron colgar un vídeo en una entrada sin pedirme nada a cambio, y ahora que me he enganchado a esto, ¡zas!, me sacan la bolsa. Así que si queréis verlo, haced clic en el enlace, por fa.

Desde que lo vi (el vídeo), me he estado preguntando a mi misma: y tú, ¿de qué te arrepientes?

Y he pensado.

Y pensado.

Y pensado.

Y volver a pensar.

Y he entendido porqué en el insti y en la uni me decían que era tan autosuficiente, tan chula, tan altivita, tan insultante, tan repelente.  Y es que no encontraba nada de lo que me arrepintiera.

Ojo, no vayas a pensar que no es porque no haya metido la pata en la vida. Yo, cuando hago las cosas, las hago a conciencia, y lo de meter la pata para mi es una anécdota. Yo no meto la pata. Yo meto el cuerpo entero. Y varias veces, si te descuidas. Pero eso no significa que me arrepienta. Porque gracias a todas esas veces, si no hubiera sido por esas meteduras de cuerpo entero, no hubiera aprendido las cosas que he aprendido.

Que otros las aprenden sin necesidad de tanto error, pues si, qué suerte para ellos, qué listos e inteligentes, oye. Yo he necesitado hacerlo así, no me da para más. O me enfango hasta el cuello, o no me entero de la lección.

El caso es que yo venga a pensar: “y yo de qué puñetas me arrepiento. Bueno, pues de nada, ya te has quedado sin entrada, guapa; no, pues la entrada hay que escribirla, así que a ver cómo sales de ésta. ¿Por qué me meteré yo en estos jardines? ¿Jardines? ¡Bosques, bonita, tú te metes en bosques!

Y de repente me ha venido. La idea, digo.

Y he sentido un tsunami en mi conciencia.

Como a todos los que escribieron en la pizarra, también era algo que NO hice, algo que dejé de hacer, algo que no supe que había que hacer y acabó en desastre. Desastre de otra persona; yo salí a flote. Y salí a flote precisamente porque ella se hundió. Ni qué decir tiene que hoy, cuando me ha vuelto al presente aquello que pasó hace ya casi treinta años, he llorado convulsivamente. Porque nunca había sido consciente de que yo hubiera podido hacer algo. Y hoy me he dado cuenta. Hoy me he dado cuenta de que debía haber hecho algo, algo en concreto, debíamos haber hecho algo, los que estábamos involucrados en aquella tragedia, y no lo hicimos. Yo, porque entonces no sabía ni me preocupé de saber. Los demás, ni idea, y no es problema mío el porqué no lo hicieron, ya no forman parte de mi vida. Y ella se hundió. Se apagó. Se fue. Y yo pude resurgir, crecer, salir adelante. Así de espeluznante.

 

En el vídeo, la conclusión es que cada día es un borrón y cuenta nueva, “haz todo aquello de lo que te arrepientes de no haber hecho”. Y yo me he encontrado con que la vida, hace un par de años, me presentó otra vez la misma situación, o muy parecida, que me había presentado hace treinta años. Y hoy lo he visto: lo que no supe hacer entonces, lo que no hice, lo hice en esta nueva situación, fui capaz de hacer lo que era necesario hacer.

Yo no creo en el karma ni en ese tipo de cosas, pero hoy me he quedado de piedra. El mayor error que cometí en mi vida pude resarcirlo en esta ocasión. Ella ya no volverá, y se habrá hundido para siempre. Pero en esta ocasión, ella salió adelante, salió del charco, del pozo; y sigue saliendo; cada día, cada hora, cada minuto, sigue flotando y nadando a velocidad de crucero. Y yo he vuelto a resurgir, crecer, a salir adelante.

 

Mamá, perdóname; yo no supe qué debía hacer y tú no querías. Tú te hundiste. Te rompiste. Yo volé. Pero esta vez has salido adelante, y cada día vuelas alto. Y yo contigo.

(Imagen: Pixabay)

INCAPACIDADES INCULCADAS

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Hace unos días vi una película, Diarios de la calle, del 2007, de la que os dejo la ficha en Filmaffinity en el siguiente enlace: http://www.filmaffinity.com/es/film662011.html y el trailer aquí.

Para muchos, puede ser la típica película de aula conflictiva: profe nueva, alumnos agresivos, sistema desesperanzado… bueno, diré, por si a alguien eso le sirve de motivación para verla, que está basada en hechos reales.

Es verdad que la deformación vocacional me traiciona. Me encantan todas esas películas, sí, y me han sido muy útiles en distintas situaciones. Los chicos del coro, El club de los poetas muertos (ojo, he conseguido no ponerla la primera), El indomable Will Hunting, El pequeño salvaje, Semilla de maldad, Rebelión en las aulas, Descubriendo a Forrester, La ola, El hombre sin rostro, El club de los emperadores… y muchas más que me han dejado huella y me han ayudado a que otros impriman su propia huella.

He visto tantas películas de éste genero que, cuando se me pone delante una que no conozco, al principio pienso “otra, a ver si va a ser un topicazo”, y luego me adentro en la película de tal manera que no sé lo que ocurre a mi alrededor. Con Star Wars me pasa lo mismo;  es que tiene mucho de enseñar y aprender, de elegir en la vida y tomar un rumbo; de elegir bien.

Bueno, pues eso, que la vi el otro día. Y, si uno no está familiarizado con el ambiente, puede parecer una exageración. Pueeees señores, lo dicho, son hechos reales.

No os voy a contar de qué va, para eso ya os dejo el tráiler. Pero viendo la peli se me puso en pie la aversión que le tengo yo a algo que ocurre en las aulas de este país, la diversificación curricular.

Probablemente este no vaya a ser una entrada políticamente correcta, precisamente. Pero:

1º: esto no lo lee casi nadie; y quienes lo leen no son de “oye, ahí te has pasado”, son más bien de “ale, ya te has quedado a gusto, bonita” .

2º: es lo que pienso y lo que sinceramente creo que está pasando.

3º: hace tiempo elegí la sinceridad a la corrección; alguna torta ya me he llevado, ya, pero, oye, qué le vamos a hacer, es lo que tiene el riesgo.

4º: si alguien se siente ofendido, no lo siento en absoluto; que se pregunte porqué, que mire más allá de sus programaciones curriculares, que levante la mirada. Y ya. No, no voy a decir lo siento.

Bien, entro en materia. Intentaré no aburrir mucho.

La diversificación curricular (a partir de ahora, d.c.) es, en palabras de la web Orientaeduc.com: es una forma excepcional y distinta de cursar el segundo ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria. Para la institución escolar supone un último esfuerzo en favor de aquellos alumnos y alumnas que por causas diversas se encuentran con dificultades importantes para ir superando la etapa, para que no se vean privados de adquirir una formación básica común a la de todos los ciudadanos ni de obtener la correspondiente titulación. 

Estos planes se cursaban en 3º y 4º de la ESO, pero ahora volvemos a cambiar, y los sustituyen por una cosa que se llama Programas de Mejora del Aprendizaje y del Rendimiento, y que ahora se cursan en 2º y 3º de la ESO. Vamos, que los echamos del sistema antes; y digo que los echamos porque al final, tienen el título de ESO, pero no pueden acceder a estudios superiores, ni siquiera a Bachillerato. Fin de trayecto. ¡Ah, qué ahora quieres seguir!, huy, huy, huy, Houston tenemos un problema. No puedes. Lo siento chico, pero ya ves.

La intención es buena. Pero, ¿sabes? De buenas intenciones está el infierno lleno. Y eso suponiendo que la intención sea buena, que después de lo que yo he visto, me da que no.

En las aulas de diversificación curricular me he encontrado de todo, pero sobre todo, ¿sabéis qué?, me he encontrado a alumnos capaces. Capaces de hacer lo que quieran. Pero para que estos chicos pudieran hacer lo que quisieran, para llegar a eso, tendrían que haberse encontrado en su camino a personas que les importaran de verdad, que entendieran qué les pasaba, que ocurría en su casa, en su barrio, en su calle, en la escalera de su casa, que hablaran con ellos (en su lenguaje, claro), que perdieran tiempo con ellos. Pero no. Se encontraron con personas que cumplían un horario, que les dolía la cabeza y que cuando recibían una mala cara de parte de algún alumno ya pensaban “esto no merece la pena”. Personas a las que llegó a darles exactamente igual lo que les ocurría a esos alumnos, que prefirieron mirar hacia otro lado. Se encontraron con personas que no tenían ni idea de motivar, y lo pagaron mandando a los alumnos a d.c., porque “no son capaces” de seguir el programa.

Y ahora, una historia. Real.

Había un colegio en el que los alumnos, al llegar a clase, dejaban sus abrigos en unos percheros; cada alumno tenía su propio perchero, y cada perchero, un número. Y en ese colegio, había un profesor, muy cuadriculado, que tenía su lista de alumnos “personalizada”: al lado del nombre de cada alumno ponía su número de perchero, y después su cociente de inteligencia. Y después iba apuntando las notas que él mismo les iba poniendo a lo largo del curso. Trataba a sus alumnos por lo que él consideraba que eran sus “capacidades”, y que él cuantificaba con el CI. Este profesor, tenía un alumno (Juan) que su CI era de 140, pero su número de percha era el 85. Sin embargo, tenía otro alumno (Pedro) que tenía un CI de 85 y su número de perchero era 140. Iban uno detrás del otro en la lista. Y el buen hombre, al copiar los datos a una nueva lista confundió los números. Y en vez de así…

Nombre               CI               Percha

Juan                     140             85

Pedro                    85               140

…quedó así:

Nombre               CI               Percha

Juan                     85               140

Pedro                    140             85

 

Juan, a lo largo del curso, no entendía qué le había hecho a su maestro, que ya no le prestaba atención ni tenía interés en lo que él tuviera que contarle. Su rendimiento bajó hasta casi suspender.  Sin embargo, Pedro estaba encantado; por fin le importaba a alguien, por fin alguien tenía interés en escuchar lo que tenía que decir.

Al final de curso, Juan había bajado considerablemente su rendimiento académico, y Pedro… rindió como un auténtico campeón.

A mi me pasó algo parecido. Un profesor decidió que la gamberra vaga no era simplemente una gamberra vaga, que algo le pasaba a esa chica, y se interesó, y logró que me importara estudiar, y salir adelante por si misma. Si yo hubiera estudiado en la LOGSE, me hubieran mandado a d.c. directamente; jamás hubiera podido tener el Bachillerato. Hoy, gracias a mi padre (que era un auténtico pedagogo sin título) y a algunos profesores que tuve, que se preguntaron qué podía ocurrir en mi vida, soy Licenciada, posgrado y master.

Por favor, no tiréis nunca la toalla con nadie. Nunca. Ni con vuestros hijos, ni con vuestros alumnos, ni con vuestros lo que sea.

Mira tú que bien me viene lo que me acaba de pasar en Facebook, al pelo me viene. Hace unos días, yo ya había comenzado a escribir el borrador de esta entrada, salió en Facebook la historia de una profesora que se preocupaba por sus alumnos y tenía un método que bla, bla, bla. Vale. Alguien, vamos a llamarle Chica A, comentó lo siguiente:

“opino que estamos a años luz de esta profesora, los profesores son personajillos tristes, vagos y apáticos….que sería de nuestros hijos sin los profesores particulares.”

¿Sabeís qué le contestó una tal Chica B? Alucinad:

“Q lastima me da q piense así .q mala suerte ha debido tener con TODOS los profesores q han tenido sus hijos, para únicamente sigan a flote por los méritos de los profesores particulares. No se paró nunca a pensar q tal vez sus hijos no dan más de si , o no tienen hábitos de estudio, etc. .Si tan descontenta esta cambie a sus hijos de colegio, tal vez tenga la suerte de q sus hijos salgan unos lumbreras. Me horroriza q califique a todos profesores de la misma manera.”

“Tal vez sus hijos no den más de si”; ésa es la frase que se usa para velar la propia incapacidad de motivar y sacar la valía de un alumno a flote.

 

Ha sido una entrada muy larga. Lo sé. Y pido perdón a mis contados lectores. Pero no podía omitir nada.

 

Bueno, y vosotros, ¿qué opináis de todo esto?

QUE NOS QUITEN LO BAILAO

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Hace años yo era de las que pensaba que había días que era una ridiculez celebrar. El día del padre, el día de la madre, el día de San Valentín, esos días que, en casa de mis padres, siempre se decía que eran todos los días. “El día del padre es todos los días”, y así con cada celebración. Entre eso, y que siempre me decían que eran días inventados por el comercio (más concretamente, por el malévolo Corte Inglés), pues total, que no se celebraba y punto. Recuerdo que los días del padre y de la madre siempre hacía algo para  ellos, aunque no hubiera en casa “celebración oficial”, lo cual era muchísimo peor para mi, que nunca he sido manitas, ni mañosa, ni ninguna de esas cosas, y que hasta hace bien poco me suponía un esfuerzo titánico; y encima, no me quedaban bien las manualidades aquellas. En el fondo de mi ser, yo barruntaba que era más cosa de no gastar en regalos que otro motivo. De hecho, cuántas veces, en mi época escolar, le habré regalado yo a mi padre ceniceros de barro y cuadros hechos con macarrones. “Lo importante es acordarse, no el regalo material, lo que importa es el esfuerzo que has hecho en hacer esto o aquello, el cariño…”, nos decían para que entendiéramos que lo material no debía regir nuestras vidas. Qué más daba, digo yo, si no sólo no debía, sino que simplemente no podía. Éramos un grupo escolar de clase media-baja, y ya la vida nos había enseñado cuál era nuestro puesto; sin embargo, nuestros padres se habían esforzado en hacernos felices y que se nos quedase bien grabado que el ser no era lo mismo que el tener. Y sabíamos que era verdad. Pero escocía.

El caso es que no había “celebración oficial”, como decía yo, en esos días especiales que había repartidos a lo largo del año, y que nos recordaba que estábamos enamorados o que teníamos padre.

Y así he hecho yo a lo largo de mi vida, la verdad. Hasta hace cosa de un par de años, más o menos. Cuando decidí que era YO la que decidía sobre lo que tenía valor para mi o no, y lo que iba a celebrar o no.

Ni las convenciones (tan convencional es celebrar San Valentín como no celebrarlo, sobre todo en algunos ambientes, que casi se ve mejor no celebrarlo; cursi, te llaman, hala, ahí queda eso).

Ni la tradición familiar (aquí es donde las susceptibilidades se reproducen como conejos; si estoy en una reunión familiar, al menos que sepan que estoy porque quiero estar con ellos, no porque “toca”; por eso nunca hay que molestarse si alguien no aparece; prefiero la realidad a la apariencia, y os aseguro que sé de lo que hablo).

Ni las modas (ahora estamos todos pirados por Halloween, madre, si casi no sé cómo se escribe; ¿de verdad nos creemos algo que ni siquiera pronunciamos en nuestro idioma? ¿Alguien que tenga más de veinte años recuerda haber celebrado Halloween de pequeño?).

Ni lo que “se debe” celebrar (de verdad, me importa un pimiento que hayas conseguido licenciarte en la universidad, no has hecho más que lo que tenías que hacer si estabas en la universidad; entiendo que tus padres estén orgullosos de que su retoño, que hace dos días solamente balbuceaba, ahora sea “licenciado en”, pero, ¿¿¿yo???, no pequeñín, yo no tengo que celebrarlo, yo no te he pagado la carrera; estamos tontos, en serio: los padres pagan una carrera, de la que no tienen derecho legal de información académica mientras la realiza su retoño, y encima, ¿le tienen que hacer un regalo bestial simplemente porque… la acaba? Se nos va la pinza, señores, y mucho).

Ni las comuniones y los bautizos como si fueran bodas, y las bodas como si acabáramos todos de salir de un coma (se abre la veda a ser hortera y pretencioso, a concursar a ver quién lleva el vestido con más brillos y se parece más a un árbol de Navidad).

 

Así que en mi casa celebramos todo lo que nos da la gana, cuando nos da la gana y no celebramos nada de lo que no nos importa. Y así, no dejamos pasar una sola ocasión de recordarnos que estamos, que estamos juntos y que queremos seguir juntos por todos esos motivos.

La de cosas que pueden pasar en la vida y que luego, cada año, cuando llega un día en particular, te acuerdas, y te arrepientes de no haberlo hecho. Las cosas en la vida ocurren en un segundo. En un segundo ya no está él, o ella, o tú, o yo; en un segundo, tu hijo se ha ido a estudiar a la otra punta del mundo; en un segundo, te vuelves a enamorar de tu pareja… ¡eso hay que celebrarlo, aunque no tenga una fecha en el calendario laboral del país! En un segundo tu compañero de fatigas tiene que ir a pasar una temporada lejos de ti por razones de trabajo o familiares… y entonces nos preguntamos por qué hemos perdido tantas ocasiones de celebrar algo junto a esa persona. Día que va, ya no vuelve. Carpe diem.

En mi caso, nos pasó algo así, tuvimos que estar separados unos meses, y con un niño de un mes. Fue duro. Hasta entonces no celebrábamos más que los cumples y las navidades (un día os contaré cuáles fueron las mejores navidades de mi vida). Desde que volvimos a estar juntos… no hay día señalado que pasemos por alto.  En mi casa se celebra todo. También es verdad que no hay regalos, no da para todo,  (excepto el peque, claro está), pero el dinero nos lo gastamos en una comida, o una cena, que es lo que nos gusta a los dos, normalmente en casa, sin prisas, fumando entre plato y plato, y si estamos cenando, lo mismo estamos ya medio en pijama, regando las viandas de buen vino o cava. Cada mes tenemos un día, algunos dos, que recordar y celebrar. Excepto en cuatro meses, que no hay fechas señaladas, al menos todavía, porque nuestras fechas se van añadiendo con la vida misma. Y entonces lo que hacemos es celebrar “San Quiero”. “San Quiero” puede ser cualquier día, es el más práctico de todos porque lo ponemos cuando nos viene bien,

  • ¿qué día hacemos comida?
  • No sé, a ver, a mediados qué tal.
  • ¿El sábado 18?
  • ¿Comida o cena? ¿dentro o fuera?
  • Dentro, dentro, déjate.
  • Vale, ¿hacemos cena? ¡Es sábado!
  • Sí, sí, sí, cenita.

Y así empezamos a hacer el menú, que casi siempre es el mismo para los dos, por aquello de simplificar la cocina, pero con el tiempo se verá si no hacemos un “a la carta”casero.

El nene, a dormir. Por ahora. Ya llegará el día en que se incorpore a nuestras nocturnidades. Tampoco se trata de descerebrarle desde tan pequeñito, que con tanto agasajo no va a reconocer un día normal en su corta vida.

Nosotros, a celebrar.

No quiero por nada del mundo que algún día apenarme por no haber aprovechado cada minuto junto a las personas que quiero.

Se puede hacer sin celebraciones, sí. Pero no me da la gana.

Y que me quiten lo bailao.

SIN ETIQUETAS

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Hay personas en esta vida que se quejan de que nadie les comprende. Yo ya estoy cansada de oír comentarios como “es que no me entienden”, “no comprenden cuál era mi intención”, “no ven mis problemas”, “no se dan cuenta de cómo me siento”y frases del estilo. Y las oigo en todos los sitios, en el supermercado, en el estanco, en el trabajo, y hasta en la televisión (pobres políticos, pobrecitos ellos, que nadie entiende sus bienintencionadas declaraciones y sus ganas de luchar tan desinteresadamente por los derechos de los ciudadanos). Y, la verdad, es que cuando oigo estas memeces, siempre me pasa lo mismo: se me va poniendo en la garganta un palabro, que va creciendo y creciendo, hasta que ya casi no me deja respirar y no me queda otro remedio, pobre de mi, que soltarlo con todas mis fuerzas, aunque sea a solas o en silencio.

Y bueno, al fin y al cabo, es lógico que esto ocurra (lo del palabro no, sino que haya gente incomprendida por ahí). A ver, entenderse a sí mismo, estar centrado en uno mismo, es característico de los adolescentes. Y, ¿qué ocurre?, pues que hay mucho eterno adolescente pululando por ahí; masculinos y femeninos; lo digo porque las mujeres suelen hablar mucho de esto, del egoísmo masculino, pero a ver, que egoístas femeninas también las hay, ¿eh?; y siempre pasa lo mismo, que te hartas y desconectas de su discurso, dejas de escuchar un rato, y cuando reenganchas tu sentido del oído a su verborrea, sigue más o menos en el mismo punto, en bucle.

A lo que iba. Que lo de estar pensando en uno mismo y sentirse incomprendido es de adolescentes. Pues sí. Y sin embargo, lo que tiene la adultez es precisamente el descentrarse del propio ombligo y empezar a preocuparse por el ombligo ajeno. Una persona que lleva encima todo el día el discursito de “pobre de mí, fíjate lo mal que me estoy y lo poco que me quejo”suele alejar a la peña. Pero una persona que se preocupa por los demás, y que es capaz de entender a los demás, olvidándose de si mismo…  con ésa o ése, al fin del mundo.

Pero no es fácil. Y es que comprender verdaderamente a los demás es un arte. Hombre, no, no me refiero a comprender lo obvio. Me refiero a comprender precisamente donde los demás no suelen hacerlo. Donde una persona se siente incomprendida, donde uno se siente verdaderamente solo porque los demás han decidido dar la espantada por respuesta. Y para eso hace falta inteligencia. Sí, inteligencia. Porque el inteligente se da cuenta de que fuera de uno mismo puede haber personalidades muy dispares de la propia, entiende que en el mundo hay muchas maneras de enfrentarse a la vida, maneras distintas y hasta contradictorias.

La verdad es que casi todos nos creemos que entendemos a los demás, casi todos nos pensamos comprensivos, conocedores de las motivaciones de nuestros semejantes, sabedores de lo que les impulsa o les retrae, y mejor aún, de porqué. Nos creemos a nosotros mismos abiertos de mente, que tenemos en nosotros mismos a todos los modos posibles de hacer sobre el mundo, entendiéndolos, abrazando todos los modos posibles de comprehender el mundo.

  • ¡JA!
  • ¿Qué?
  • Sí, sí, que ¡JA!

Que te crees tú eso, Antoñita la Fantástica.

¡JA!, ¡JA! Y ¡JA!

 

No, no, no, ya nos gustaría ser tan inteligentes. Y voy a demostrar que no somos tan comprensivos.

A ver, la demostración está en cuántas veces, si no al día, a la semana, pensamos de alguien: “vaaaya frikiiiii”, “este tío está pirao”, “aaaanda que no, pero es que ¿nadie le ha dicho cómo va, la pobre?”, y casi siempre seguido de etiquetas: qué pija, qué hippy, qué tonto, qué choni, qué macarra, qué “desarrapao”, mira que es rara, ¿eh?…

Todos lo hacemos, todos.

Muchas veces en nuestro más fuero íntimo, no vaya a ser que alguien nos oiga. Porque criticar y llamar pija a la candorosa de la protagonista de mi post de la semana pasada, está aceptado socialmente. Pero otras cosas no. No está bien visto decir marica, bollera, moro, sudaca, gabacho, putón, paleto, y podría seguir. Y gracias  a Dios, que parece que ya nos va entrando el sentido común y el respeto a los demás.

Es verdad que las últimas palabras escupidas por mis dedos son despectivas y por eso ya casi ni las pensamos. Pero las primaras (pija, tonto, choni, macarra…), quizá no nos parezcan tan despectivas, y sin embargo, ¿no son igual de incomprensivas con nuestros compañeros de planeta? ¿Cuántas veces utilizamos la palabra “raro/a” para describir a alguien que hace algo que, simplemente, nosotros no haríamos? Miles. Y es más, cuando encontramos a alguien que actúa de una manera similar a uno mismo, decimos que es “normal”. “Es que es una persona muy normal, ¿sabes?”.

He ahí donde nuestra inteligencia va quedando atrapada poco a poco, en las etiquetas, esos tags donde vamos metiendo a todas las personas que no somos capaces de entender en su totalidad, etiquetas que sirven a nuestra falta de inteligencia en aras de encorsetar la realidad para poder nombrarla de alguna manera y que nos permita autoproclamarnos como “normales”.

Por eso no me gusta utilizar etiquetas en mis escritos.

Porque la vida se vende sin etiqueta.