Los miserables (2019)

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No sé si habéis estado alguna vez en algún barrio marginal. Pero marginal de verdad: donde, o eres depredador, o eres alimento, no hay término medio; donde el miedo se convierte en amenaza, el poder en muerte; donde para poder proteger lo tuyo tienes que destruir lo ajeno; donde no hay buenos ni malos; y quien te va a proteger realmente es quien menos te lo esperas; donde la bondad trafica con el dolor y la ira; donde todo el mundo es ángel y depredador.

Pues ese es el escenario de la película. Bandas rivales y policías destinados a un barrio así. Bandas de niños que crecen al amparo de unos y bajo la amenaza de otros. Niños que crecen…

En fin. Está muy bien, la verdad. No hay grandes efectos especiales ni una banda sonora brutal, pero tiene mucha verdad. Mucha, mucha, mucha verdad.

La dirige Ladj Ly, que antes había dirigido un documental (A viva voz) y un corto del mismo titulo que la peli. Y es que la peli está rodada de tal manera que parece un trabajo de investigación periodístico, es como un trozo de realidad en formato cinematográfico. Y de hecho, no tiene un final cerrado, como la vida misma.

Me ha parecido genial, la verdad. Es de las que les sigues dando vueltas varios días después. Es una película que apela a la propia conciencia y te hace preguntarte cosas. A mi personalmente me hace preguntame porqué cuando decimos que queremos reconducir un colectivo conflictivo, en vez de darles formación y un trato humano lo que hacemos es ponernos a la defensiva de antemano… y se nos huele el miedo.

LOREAK

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LOREAK (FLORES)

Estrenada en 2014, dirigida por Jon Garañón y José Mari Goenaga. Ambos dirigieron algún corto y un largometraje llamado “En 80 días” en 2010, que tiene muy buena pinta. También han dirigido “La trinchera infinita” junto a Aitor Arregi, y sin Goenaga está vez, dirigieron “Handia”.

Loreak en una película de historias cruzadas de mujeres. Es una historia curiosa. Empieza contando la historia de Ane, que está casada con un hombre con la sensibilidad de un pez, aunque un poco más adelante se deja en interrogante si es él únicamente al que le falta sensibilidad. Pero vamos… no es el tío con el que pasaría el resto de mi vida. Ane empieza a recibir semanalmente un ramo de flores sin tarjeta. Y a través de esas flores descubrimos entrecruzándose la vida de Lourdes y Tere: sus ilusiones, sus miedos, sus celos, su confrontación con la realidad. Loreak nos habla del miedo que nos entra a veces a que no nos quieran, del miedo que nos entra cuando descubrimos que los demás no son propiedad nuestra, que pueden querer a otras personas y que no somos exclusivos. Y que eso es bueno porque nos obliga a abrirnos a los demás y, cuando lo aceptamos, nos reconcilia con el mundo.
Habla también de lo efímera que es la vida y lo importante que son a veces los símbolos y los convencionalismos. Ese momento en que descubrimos que un convencionalismo, como puede ser dejar flores en un punto de la carretera donde alguien ha perdido la vida, puede no ser sólo convencionalismo, puede ser amor. Cuando descubrimos que los convencionalismos pueden tener un significado auténtico. Y que eso solo depende de nuestra propia actitud.

A mi me ha gustado mucho. Es hora y media en la que está todo plasmado, no necesita mas metraje ni le sobra nada (hay esc
Solo le pondría una pega… falta música. Hay una ausencia brutal de música en toda la película. Supongo que será para hacerla más realista pero… yo lo echo en falta.
Espero vuestros comentarios y si no la habeis visto, os la recomiendo.

Reseña de “Margin Call”

 

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Margin call, 2011, dirigida.por J. C. Chandor, que no tenía ni idea de quién era este señor, hasta que he visto que dirigió a Redford (aquí, desmayo) en “Cuando todo está perdido”. Y tiene tres películas más que ya tengo en previsión para verlas, sobre todo “El año más violento” y “Triple frontera”.

A lo que vamos. Antes de ver la pelicula miré a ver “quién sale” y…ooohhh, madre mia, vaya elenco: Kevin Spacey, Paul Bettany (otro desmayo), Jeremy Irons, Demi Moore (desmayaros, desmayaros), Stanley Tucci, Simon Baker (más desmayos…). Y el resultado es… perfecto. Cada uno de ellos está perfecto.

Y la trama. Bueno. Una más de la crisis económica que ataca a una gran entidad financiera. Y los despidos se hacen necesarios. Y fríos. Muy fríos. Y la pregunta es: ¿es necesaria la frialdad? Pues… a lo mejor si. No voy a entrar en ese jardín, que lo mismo me vapuleais. El caso es que la peli trata de las decisiones que tiene que tomar el comité ejecutivo, el gran staff, de esta entidad. Gente que cobra millones al año tomando decisiones que afectan a mileuristas. Decisiones como:
– a quién se despide y a quién no, una decisión que casi nunca se basa en la justicia, sino en el poder;
– la cabeza que se elige para presentar en bandeja ante los inversores, porque aunque la culpa es de todos y de nadie a la vez, siempre buscamos un culpable único contra el que dirigir nuestros odios y quedarnos todos tan tranquilos, porque “todos somos muy buenos y no hemos tomado ninguna decisión incorrecta”;
– las diferentes condiciones que se ofrecen a cada persona al despedirla, con unas diferencias brutales;
– quién volverá a tener carrera profesional y quien no…
Y a raíz de eso… las actitudes personales de cada uno. Los distintos grados de moral, de principios, de capacidad para digerir el fracaso, de capacidad para tomar y ejecutar decisiones dificiles, de capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias.

En resumen, a mí me ha gustado. No es un peliculón, pero creo que merece la pena verla. Solo por verles trabajar a estos genios de la interpretación, merece la pena.

Más uno que nunca

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Que tiemblen las calles… porque vamos a volver. Más sanos que nunca, más solidarios, más humildes, más humanos.

Que tiemblen las calles, porque cuando salgamos nos abrazaremos más que nunca, demostraremos lo que sentimos y no lo que aparentamos.

Que tiemblen las calles, porque el día que llueva querremos mojarnos y sentir el agua, desafiaremos al tiempo y nunca más nos quedaremos en casa “porque llueve”.

Que tiemblen las calles, porque el día que salgamos de esta seremos más uno que nunca. Me alegraré de que seas como eres y nunca más querré volver a cambiarte. Daré mi mano derecha porque seas libre siendo quien eres.

Que tiemblen las calles porque diremos lo que pensamos y sentiremos lo que decimos.

Que tiemblen las calles, porque nunca más esconderemos lo que somos, destruiremos nuestros armarios y amaremos los amores de los demás.

Que tiemblen las calles porque dejaremos de usar el muro para inventarnos una vida perfecta. Nuestra vida imperfecta la viviremos a voz en grito en las aceras, las carreteras, en nuestros portales.

Que tiemblen las calles, porque vamos a empezar a vivir de verdad sin congelar cada momento para perderlo.

Que tiemblen las calles… que tiemblen.

MIS “PLANTAS”

Estas son las cosas que ocurren en mi casa. No creo que ocurran en ningún otro lugar del planeta.

¿Qué es lo habitual? Pues lo habitual es que si quieres tener una planta, te compres una, o la plantes tú, que la riegues, que la cuides (que si poco sol, que si mucho sol, que si esta con un poquitín de agua, que si a esta hay que ahogarla…), que te ocupes de ella, y, en fin, se supone que así crecen y crecen y pueblan tu cuarto de estar o tu balcón. Un ejemplo, nuestra amiga Ana. Ella planta, cuida, y ya. Obtiene unas plantas de lo más aparentes.

Bueno, pues esto a mi me parece magia. Magia blanca, magia negra o multicolor, no sé, pero magia. Yo planto, y cuido. Y a veces es por mucha agua. A veces es por poca. A veces es por mucho sol. A veces es por mucha sombra. A veces, porque no estoy dispuesta a hablarles. A veces, como me ocurrió una vez, por los humos tabaquiles de mis compis de piso. Total, que se mueren.

Oye, que yo me lo curro. Una vez me regalaron un cofre de madera con varias plantas, de esos que se venden para regalo. Pues aquí la nena fue capaz de comprar tierra, macetas, y trasplantar cada planta a un hábitat individual. Como las plantas eran diferentes, me preocupé de saber cómo se llamaba cada una, buscar en internet, me descargué las fichas de cada una, y seguí lo que debía ser el modus vivendi de cada cual. Pues nada. Murieron todas. Esas fueron por los humos, creo.

Otra vez me regalaron una violeta. Me gustó mucho. Recuerdo que me hizo mucha ilusión. Y puse mucho empeño. Me duró casi un año, hasta que nos mudamos, y claro, no sobrevivió a la mudanza.

El caso es que yo cuido una planta y va ella, y se muere. Unas desagradecidas, es lo que son.

Pero vuelvo a lo mismo: lo que no pase en mi casa, no pasa en ningún sitio. En mi casa, si se cuida a una planta, esta se suicida. Pero si les da la gana de vivir, no solo viven, sino que aparecen por si mismas, por arte de birlibirloque, donde les da la gana y en los lugares más insospechados. Os cuento.

Hoy estaba yo por la mañana haciendo la cama del enanito y me dice mi marido desde la cocina: “Vancouveeeeer, ¿tú has visto dónde nos ha crecido una plantaaaa?”

“¿Una plantaaaaa?”

“Ven, ven”.

Ay, madre, he pensado, que habrá hecho el renacuajo esta vez. Nos esconde galletas entre los libros del cuarto de estar y chupetes detrás de vete tú a saber dónde, y luego, los saca cuando le interesa una cosa u otra. Así que a saber qué podía haber hecho esta vez.

Me acerco a la cocina y veo a su señor padre con el armario donde guardamos las cebollas abierto, mirando hacia ellas con cara de estar viendo un extraterrestre. “Ven, ven”, dice con cara de misterio.

Empiezo a acercarme muy lentamente. A ver si es que ha salido algún bicho y me muero de asco, ¿sabes?

Por fin me asomo.

Y allí estaban, mis dos últimas cebollas, en su lugar habitual, con su malla puesta todavía y todo (así no se desparraman). Y no veo nada raro.

“¿¿Quéee??”, preguntó yo mirándole con cara de “qué pasa ahora”. Y él, sin decirme nada, me señala hacia adentro del armario, pero un poco más arriba de las cebollas. Y lo veo. Un tallo verde que te quiero verde, allí, en medio de mi armario, y cuando miro a ver de dónde sale… ¡que sale de una cebolla! Me doy cuenta que una de mis dos cebollas… ha florecido, o como se diga.

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Nos miramos. “¿¿¿Y estoooo???”. “No sé”, me dice él, aguantándose la risa. “Te crecen las cebollas”. Gracioso.

Luego creo que ya he entendido algo de lo que ha pasado. El sitio donde van las cebollas y los ajos es un armario que hay justo encima de la campana extractora. Así que me imagino que el calorcito habrá hecho de las suyas. Pero llevamos casi un año en Villa Tremenda, guardando ahí los ajos y las cebollas y no nos había pasado esto.  Y tampoco llevaban tanto tiempo ahí, vaya.

Quizá llame a Iker Jimenez y le cuente… lo mismo monta una exposición con mis cebollas, mis plantas y mi campana extractora. ¡¡En Villa Tremenda iban a flipar!!

SUEÑOS PETRIFICADOS

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En mi casa nos suele gustar ver los concursos de talentos; nos convertimos en jurados autorizadísimos, e incluso debatimos entre nosotros sobre los concursantes. Nos lo pasamos bien y se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta.

Y viendo estos concursos acabas escuchando una frase unas mil veces, una frase  que a mi, en particular, no es que me moleste. No es que me chirríe un poquillo.

Es que me cabrea.

Antes solo me cabreaba un poquito, lo justo para que se me olvidara en cuanto cambiaban de tema. Pero lo dicen tantas veces, lo machacan de tal manera, que ahora cada vez que la oigo suelto un resoplido que me oyen en Tombuctú.

Seguro que la habéis oído tanto como yo: “No dejes nunca de perseguir tu sueño”.

Mira, mira mi brazo: sarpullido, me sale.

Es una frase que al principio, incluso te suena bien, ¿verdad? Pero a fuerza de repetirla, y repetirla, y sobre todo, repetírsela siempre al mismo perfil de concursante, ya toca fondo.

Vale, entiendo su mensaje cuando es la primera vez o la segunda, o incluso la tercera, que una persona intenta algo y no lo consigue. Pero si ya van años y años intentando algo, ya es hora de pensar que algo falla, o el objetivo o los medios utilizados; hay que revisar algo, ¿no? Oye, pues no. Les dicen algo así como “yo te voy a volver a decir que no, pero tú sigue intentándolo”.

Me da la sensación de que el mensaje es: “aférrate a un ideal. No importa que no valgas para eso, que no tengas cualidades o que tu casa se esté incendiando en este mismo momento… tú sigue intentando conseguir tu sueño”. El sueño se convierte en la panacea, en un ideal por que merece la pena sacrificar todo lo demás por él, aun cuando no se vaya a conseguir nunca.

¿De verdad eso nos hace felices?

Los sueños están muy bien, pero no creo que haya que tener un sueño permanente y petrificado durante toda la vida, independientemente de los vaivenes de la vida; los sueños van y vienen, se transforman y evolucionan, como evoluciona la propia persona que los tiene. Hay que saber cuándo hay que poner punto final a algo. Es tan importante saber finalizar algo como empezarlo. Y es importante que no sea un drama.

Me cabrea que se identifique el dejar un sueño sin cumplir con la debilidad personal o la desconfianza en uno mismo (uffff, la de veces que he oído eso). Hay sueños que hay que dejar que se alejen. Es lo sano, lo que nos confiere fortaleza y nos afianza en nosotros mismos. Evolucionar. Si no lo hiciéramos, en el mundo solo habría médicos, bomberos, futbolistas, cantantes y  actores. Y todos con ocho años mentales, claro. O al menos, solo estos serían felices, porque han “conseguido sus sueños”; ¿qué pasaría con los conductores de camiones, con las amas de casa, o con los barrenderos? ¿es que ellos “no han cumplido sus sueños”? ¿no será que han sido lo suficientemente inteligentes para variar el rumbo de sus sueños y no ponerlos solamente en un éxito profesional sin precedentes? ¿es que cuidar de nuestra familia no puede hacernos felices? ¿o es que no me puedo tomar el trabajo simplemente como un medio para vivir, y poner mi felicidad en otras cosas?

Entendería que no deberíamos dejar nunca un sueño si la vida fuera una línea recta. Pero es que la vida es una gran olimpiada: hay alturas, hay lagos, ríos y mares; hay grandes llanuras y tortuosos caminos pedregosos; ni las primeras aseguran la felicidad ni los segundos la impiden. ¿Cómo vamos a fijarnos siempre el mismo sueño en todas las situaciones y circunstancias? No insultemos a la inteligencia por favor, que para algo nos habrá sido concedida.

Enseñemos a las personas a pasar página cuando es necesario, sin culpabilidades, y avanzando en la vida siendo felices.

(Imagen: detalle de “Ofelia” de John Everett Millais, 1852)