SACRIFICANDO COMODIDADES

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Han pasado meses, y creo que lo que conté la última vez es que no tenía contacto social desde que vivo en Villa Tremenda. Y cualquier persona normal pensaría que ya ha pasado el suficiente tiempo como para haber hecho amigos, y si no amigos, amistades, ¿no?

Pues no.

Oye, que no.

Ahora es cuando he empezado a socializarme. Ya conozco a la de la panadería (aunque esa tampoco es que hable mucho, vaya), a la podóloga, a la de la papelería, a la peluquera y hasta una canguro que saca a mi pequeño boicoteador de películas mientras esperamos una plaza en la guarde (que ya nada, para el curso que viene). Bueno, pues eso, que ya he empezado a salir de mi auto ostracismo, y hasta me paro a hablar con alguna. Y eso es gracias a que he aprendido la técnica de no contestar a cada pregunta que me hacen. Porque en eso consiste básicamente las conversaciones en Villa Tremenda, en enterarse todo lo posible  de tu vida en el mínimo tiempo, y además, ser la primera en saberlo (para contarlo, claro). Y la técnica es muy fácil, pero hay que ser rápido para que no se den cuenta de que les estás dando esquinazo intelectual: cambiar de tema sobre la marcha, como si nada.

  • ¿Y a quién querías ir a ver a esa calle por la que me preguntas?
  • Por cierto, ya de paso, dime dónde está el estanco, que tengo que comprar tabaco.

Vamos, un diálogo para besugos de antología. Es, o eso, o caer en la mala educación,

  • ¿Y a quién querías ir a ver a esa calle por la que me preguntas?
  • ¿Y a ti qué puñetas te importa?

 

Bueno, pues en mis conocimientos humanos de Villa Tremenda, está la peluquera, por supuesto, como en todo lugar pequeño que se precie. Y en contra de lo que uno pueda pensar a priori, no es para nada la cotilla que uno se imagina. Es una persona más bien callada, que da conversación más por educación que otra cosa, y siempre de asuntos generales y anodinos. Vamos, que no te hace un interrogatorio.

Y hasta aquí mis avances en contacto humano. Pero esto promete, porque quiero ir a apuntarme a una asociación de mujeres que tienen por aquí. Y sí, si que promete, ¿verdad?

Bueno, pero al final, lo que yo quería escupir de mi boca, de mis dedos, y mira que ya me cuesta, es lo que he tenido el deshonor (sí, el deshonor) de leer esta tarde, allí, precisamente en la pelu.

Veamos, hacía como tres años que no pisaba una peluquería. Y es que normalmente me desquician. Que si quieres que te ponga unos reflejos por aquí (“no, gracias”), que si quieres una ampollita de no sé qué por allá (“no, gracias”), que si te aplico un suero para darte unos brillos… (“¡que no!”). Que me cortes el pelo y punto. Y eso añadido a la mala costumbre de algunas  peluqueras de darte conversación, porque sí, pasando al plano personal (“¿y tú donde trabajas?”, “¿estás casada?”, “¿tienes hijos?”). En fin, para mí, una auténtica tortura. Así que llegó un momento en que decidí que nada de peluquerías, que ya me apañaba yo solita en casa, y así lo he hecho hasta el día de hoy.

Tres años sin ir a una peluquería y tres años de no haber cogido una revista del corazón entre mis manos; porque sólo las leo en la peluquería. Y hoy ya me había olvidado de que me cabrean bastante. Siempre cojo el ¡Hola!, por las fotos. Creo que es la revista con las mejores fotos de la prensa rosa de este país. Y sobre todo, las fotos de las casas de los famosos, que la verdad, son de ensueño.

(A todo esto, ¿esta gente famosa no tiene hijos que les destrocen la decoración en tres segundos?)

Bueno, pues hoy he vuelto a coger una de estas revistas. Era el ¡Hola! del no sé qué de marzo de 2016, vamos, de antes de ayer, de ya mismo. Abro la revista, paso unas cuantas hojas sin mirar con actitud de “pfff, ya me lo sé todo”, y me encuentro de morriquetes con una chica joven y guapa, aparentemente rica, que se llama Ana Boyer, y que es la hija de Isabel Preysler y Miguel Boyer. Esta chica, tan perfectita ella, está contando, encantadora ella, que se va a vivir con su pareja a un ático con piscina situado en una zona exclusiva ( la vida de esta gente está llena de cosas exclusivas) de Madrid. La pobre chiquita debía estar viviendo con mami hasta ahora (ah, lo de vivir con mami lo llama “vivir en su residencia familiar”) y que no se va porque su madre ahora viva con otro (solo faltaba, nena), sino porque bla, bla, bla.

Y ahora la nena suelta la perlita: “Voy a tener que sacrificar muchas comodidades por irme a vivir con Fernando…”

 

(…) (me he quedado muda)

(…) (sin palabras me he quedado, oye)

(…) (algo he debido hacer yo mal en la vida)

(…) (a ver, espera, ¿he leído bien?, no, a lo mejor no, vuelve a leer, tú, que seguro que te has equivocado)

(…) (pues yo juraría que no he bebido nada…)

 

¡¡TOCATELOS!! Sí, sí, esos mismos, ¡tócatelos! Que va a renunciar a comodidades, dice la chiquita esta. ¡Y se queda tan ancha, oye! ¡Y lo dice con una media sonrisa, porque si sonríe demasiado se le descascarilla el maquillaje! Mi estupor empieza a convertirse en un incipiente cabreo, pero me acuerdo de dónde estoy, en la pelu, no en mi casa, así que, Vancouver,  no salgas como una exhalación gritando por los pasillos que esta tía no sabe lo que es renunciar a nada, ni sabe lo que es la vida, ni sabe nada de nada.

 

Pero a ver, esta chica, ¿sabe lo que dice? ¿pero le han enseñado algo a esta… (si la insulto me denuncia alguien)? ¿pero tanto dinero de esta familia no sirve ni para dar educación? ¿es que no le han enseñado a mirar más allá de sus estúpidas necesidades? ¿esta chica no ve los telediarios? ¿no ha salido de su círculo de inútiles parásitos sociales? ¿no se da cuenta de que nos está insultando a todos los que luchamos a brazo partido cada día por sacar adelante a nuestras familias, solo para que tengan lo justamente necesario? ¿pero a esta chica nadie le ha hablado de los refugiados de Siria? ¿de los que se mueren de hambre en tantas partes del mundo? ¿de los niños que lloran desconsoladamente en campos de refugiados bajo una lona que hace de vivienda?

Que va a tener que renunciar a muchas comodidades, dice. Desde un ático con piscina.

Hala, Vancouver, eso te pasa por abrir una revista insustancial que alimenta a personas vulgares para que puedan expresar banalidades sin cargo de conciencia.

Perdónnnnn… ¿conciencia?

 

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4 comentarios en “SACRIFICANDO COMODIDADES

  1. Me encanta! Sobre todo el nombre del pueblo. Te aconsejo dos libros: El despertar de la señorita Prim y … el otro no me acuerdo. Antes no me pasaba. Tendré que buscarlo. Me acuerdo de todo menos del título y la autora. Creo que la causa es mi piscina del ático…

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