QUE NOS QUITEN LO BAILAO

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Hace años yo era de las que pensaba que había días que era una ridiculez celebrar. El día del padre, el día de la madre, el día de San Valentín, esos días que, en casa de mis padres, siempre se decía que eran todos los días. “El día del padre es todos los días”, y así con cada celebración. Entre eso, y que siempre me decían que eran días inventados por el comercio (más concretamente, por el malévolo Corte Inglés), pues total, que no se celebraba y punto. Recuerdo que los días del padre y de la madre siempre hacía algo para  ellos, aunque no hubiera en casa “celebración oficial”, lo cual era muchísimo peor para mi, que nunca he sido manitas, ni mañosa, ni ninguna de esas cosas, y que hasta hace bien poco me suponía un esfuerzo titánico; y encima, no me quedaban bien las manualidades aquellas. En el fondo de mi ser, yo barruntaba que era más cosa de no gastar en regalos que otro motivo. De hecho, cuántas veces, en mi época escolar, le habré regalado yo a mi padre ceniceros de barro y cuadros hechos con macarrones. “Lo importante es acordarse, no el regalo material, lo que importa es el esfuerzo que has hecho en hacer esto o aquello, el cariño…”, nos decían para que entendiéramos que lo material no debía regir nuestras vidas. Qué más daba, digo yo, si no sólo no debía, sino que simplemente no podía. Éramos un grupo escolar de clase media-baja, y ya la vida nos había enseñado cuál era nuestro puesto; sin embargo, nuestros padres se habían esforzado en hacernos felices y que se nos quedase bien grabado que el ser no era lo mismo que el tener. Y sabíamos que era verdad. Pero escocía.

El caso es que no había “celebración oficial”, como decía yo, en esos días especiales que había repartidos a lo largo del año, y que nos recordaba que estábamos enamorados o que teníamos padre.

Y así he hecho yo a lo largo de mi vida, la verdad. Hasta hace cosa de un par de años, más o menos. Cuando decidí que era YO la que decidía sobre lo que tenía valor para mi o no, y lo que iba a celebrar o no.

Ni las convenciones (tan convencional es celebrar San Valentín como no celebrarlo, sobre todo en algunos ambientes, que casi se ve mejor no celebrarlo; cursi, te llaman, hala, ahí queda eso).

Ni la tradición familiar (aquí es donde las susceptibilidades se reproducen como conejos; si estoy en una reunión familiar, al menos que sepan que estoy porque quiero estar con ellos, no porque “toca”; por eso nunca hay que molestarse si alguien no aparece; prefiero la realidad a la apariencia, y os aseguro que sé de lo que hablo).

Ni las modas (ahora estamos todos pirados por Halloween, madre, si casi no sé cómo se escribe; ¿de verdad nos creemos algo que ni siquiera pronunciamos en nuestro idioma? ¿Alguien que tenga más de veinte años recuerda haber celebrado Halloween de pequeño?).

Ni lo que “se debe” celebrar (de verdad, me importa un pimiento que hayas conseguido licenciarte en la universidad, no has hecho más que lo que tenías que hacer si estabas en la universidad; entiendo que tus padres estén orgullosos de que su retoño, que hace dos días solamente balbuceaba, ahora sea “licenciado en”, pero, ¿¿¿yo???, no pequeñín, yo no tengo que celebrarlo, yo no te he pagado la carrera; estamos tontos, en serio: los padres pagan una carrera, de la que no tienen derecho legal de información académica mientras la realiza su retoño, y encima, ¿le tienen que hacer un regalo bestial simplemente porque… la acaba? Se nos va la pinza, señores, y mucho).

Ni las comuniones y los bautizos como si fueran bodas, y las bodas como si acabáramos todos de salir de un coma (se abre la veda a ser hortera y pretencioso, a concursar a ver quién lleva el vestido con más brillos y se parece más a un árbol de Navidad).

 

Así que en mi casa celebramos todo lo que nos da la gana, cuando nos da la gana y no celebramos nada de lo que no nos importa. Y así, no dejamos pasar una sola ocasión de recordarnos que estamos, que estamos juntos y que queremos seguir juntos por todos esos motivos.

La de cosas que pueden pasar en la vida y que luego, cada año, cuando llega un día en particular, te acuerdas, y te arrepientes de no haberlo hecho. Las cosas en la vida ocurren en un segundo. En un segundo ya no está él, o ella, o tú, o yo; en un segundo, tu hijo se ha ido a estudiar a la otra punta del mundo; en un segundo, te vuelves a enamorar de tu pareja… ¡eso hay que celebrarlo, aunque no tenga una fecha en el calendario laboral del país! En un segundo tu compañero de fatigas tiene que ir a pasar una temporada lejos de ti por razones de trabajo o familiares… y entonces nos preguntamos por qué hemos perdido tantas ocasiones de celebrar algo junto a esa persona. Día que va, ya no vuelve. Carpe diem.

En mi caso, nos pasó algo así, tuvimos que estar separados unos meses, y con un niño de un mes. Fue duro. Hasta entonces no celebrábamos más que los cumples y las navidades (un día os contaré cuáles fueron las mejores navidades de mi vida). Desde que volvimos a estar juntos… no hay día señalado que pasemos por alto.  En mi casa se celebra todo. También es verdad que no hay regalos, no da para todo,  (excepto el peque, claro está), pero el dinero nos lo gastamos en una comida, o una cena, que es lo que nos gusta a los dos, normalmente en casa, sin prisas, fumando entre plato y plato, y si estamos cenando, lo mismo estamos ya medio en pijama, regando las viandas de buen vino o cava. Cada mes tenemos un día, algunos dos, que recordar y celebrar. Excepto en cuatro meses, que no hay fechas señaladas, al menos todavía, porque nuestras fechas se van añadiendo con la vida misma. Y entonces lo que hacemos es celebrar “San Quiero”. “San Quiero” puede ser cualquier día, es el más práctico de todos porque lo ponemos cuando nos viene bien,

  • ¿qué día hacemos comida?
  • No sé, a ver, a mediados qué tal.
  • ¿El sábado 18?
  • ¿Comida o cena? ¿dentro o fuera?
  • Dentro, dentro, déjate.
  • Vale, ¿hacemos cena? ¡Es sábado!
  • Sí, sí, sí, cenita.

Y así empezamos a hacer el menú, que casi siempre es el mismo para los dos, por aquello de simplificar la cocina, pero con el tiempo se verá si no hacemos un “a la carta”casero.

El nene, a dormir. Por ahora. Ya llegará el día en que se incorpore a nuestras nocturnidades. Tampoco se trata de descerebrarle desde tan pequeñito, que con tanto agasajo no va a reconocer un día normal en su corta vida.

Nosotros, a celebrar.

No quiero por nada del mundo que algún día apenarme por no haber aprovechado cada minuto junto a las personas que quiero.

Se puede hacer sin celebraciones, sí. Pero no me da la gana.

Y que me quiten lo bailao.

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4 comentarios en “QUE NOS QUITEN LO BAILAO

  1. Pues si, completamente de acuerdo con vuestra filosofia. Así deberíamos actuar todos, celebrando lo importante o lo que no lo es, coincida o no con las fechas “oficiales”. Asi seríamos más felices, menos aborregados, más nosotros, más de verdad.
    Pero parece que la tendencia es la contraria, la de celebrar por celebrar. Me he enterado que ahora se celebran, por todo lo alto, los bautizos laicos (que no es más que inscribir al recien nacido en el Registro oportuno) y las NO Comuniones, por el echo de que los nenes no se vean agraviados y que reciban regalos.
    OMG!!!! que hostia daba yo a esos padres que comprometen a su entorno a acudir a la celebración via invitación oficial y lista de regalos. 😀
    Un abrazo!!!

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  2. Ufff, las no-comuniones… Te imaginas que apareces como Dios te trajo al mundo? “Mi traje??? Bueno, es mi no-modelito para tu no-comunion; calla, que no te he dado tu no-regalo”, dices mientras alargas las manos llenas de vacío… Que puntazo!!!

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  3. Me encantó tu entrada!! es justo la filosofía de vida que llevo desde algunos años y me apunto eso de celebrar el “San Quiero” jajaja es genial!!. Y desde luego una buena cena o comida, ya sea dentro o fuera de casa es las mejores celebraciones que se pueden tener, porque sí, porque la vida es esto que nos llevamos. Besazo fuerte!!!

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