SACRIFICANDO COMODIDADES

openphotonet_barbed wire3

 

Han pasado meses, y creo que lo que conté la última vez es que no tenía contacto social desde que vivo en Villa Tremenda. Y cualquier persona normal pensaría que ya ha pasado el suficiente tiempo como para haber hecho amigos, y si no amigos, amistades, ¿no?

Pues no.

Oye, que no.

Ahora es cuando he empezado a socializarme. Ya conozco a la de la panadería (aunque esa tampoco es que hable mucho, vaya), a la podóloga, a la de la papelería, a la peluquera y hasta una canguro que saca a mi pequeño boicoteador de películas mientras esperamos una plaza en la guarde (que ya nada, para el curso que viene). Bueno, pues eso, que ya he empezado a salir de mi auto ostracismo, y hasta me paro a hablar con alguna. Y eso es gracias a que he aprendido la técnica de no contestar a cada pregunta que me hacen. Porque en eso consiste básicamente las conversaciones en Villa Tremenda, en enterarse todo lo posible  de tu vida en el mínimo tiempo, y además, ser la primera en saberlo (para contarlo, claro). Y la técnica es muy fácil, pero hay que ser rápido para que no se den cuenta de que les estás dando esquinazo intelectual: cambiar de tema sobre la marcha, como si nada.

  • ¿Y a quién querías ir a ver a esa calle por la que me preguntas?
  • Por cierto, ya de paso, dime dónde está el estanco, que tengo que comprar tabaco.

Vamos, un diálogo para besugos de antología. Es, o eso, o caer en la mala educación,

  • ¿Y a quién querías ir a ver a esa calle por la que me preguntas?
  • ¿Y a ti qué puñetas te importa?

 

Bueno, pues en mis conocimientos humanos de Villa Tremenda, está la peluquera, por supuesto, como en todo lugar pequeño que se precie. Y en contra de lo que uno pueda pensar a priori, no es para nada la cotilla que uno se imagina. Es una persona más bien callada, que da conversación más por educación que otra cosa, y siempre de asuntos generales y anodinos. Vamos, que no te hace un interrogatorio.

Y hasta aquí mis avances en contacto humano. Pero esto promete, porque quiero ir a apuntarme a una asociación de mujeres que tienen por aquí. Y sí, si que promete, ¿verdad?

Bueno, pero al final, lo que yo quería escupir de mi boca, de mis dedos, y mira que ya me cuesta, es lo que he tenido el deshonor (sí, el deshonor) de leer esta tarde, allí, precisamente en la pelu.

Veamos, hacía como tres años que no pisaba una peluquería. Y es que normalmente me desquician. Que si quieres que te ponga unos reflejos por aquí (“no, gracias”), que si quieres una ampollita de no sé qué por allá (“no, gracias”), que si te aplico un suero para darte unos brillos… (“¡que no!”). Que me cortes el pelo y punto. Y eso añadido a la mala costumbre de algunas  peluqueras de darte conversación, porque sí, pasando al plano personal (“¿y tú donde trabajas?”, “¿estás casada?”, “¿tienes hijos?”). En fin, para mí, una auténtica tortura. Así que llegó un momento en que decidí que nada de peluquerías, que ya me apañaba yo solita en casa, y así lo he hecho hasta el día de hoy.

Tres años sin ir a una peluquería y tres años de no haber cogido una revista del corazón entre mis manos; porque sólo las leo en la peluquería. Y hoy ya me había olvidado de que me cabrean bastante. Siempre cojo el ¡Hola!, por las fotos. Creo que es la revista con las mejores fotos de la prensa rosa de este país. Y sobre todo, las fotos de las casas de los famosos, que la verdad, son de ensueño.

(A todo esto, ¿esta gente famosa no tiene hijos que les destrocen la decoración en tres segundos?)

Bueno, pues hoy he vuelto a coger una de estas revistas. Era el ¡Hola! del no sé qué de marzo de 2016, vamos, de antes de ayer, de ya mismo. Abro la revista, paso unas cuantas hojas sin mirar con actitud de “pfff, ya me lo sé todo”, y me encuentro de morriquetes con una chica joven y guapa, aparentemente rica, que se llama Ana Boyer, y que es la hija de Isabel Preysler y Miguel Boyer. Esta chica, tan perfectita ella, está contando, encantadora ella, que se va a vivir con su pareja a un ático con piscina situado en una zona exclusiva ( la vida de esta gente está llena de cosas exclusivas) de Madrid. La pobre chiquita debía estar viviendo con mami hasta ahora (ah, lo de vivir con mami lo llama “vivir en su residencia familiar”) y que no se va porque su madre ahora viva con otro (solo faltaba, nena), sino porque bla, bla, bla.

Y ahora la nena suelta la perlita: “Voy a tener que sacrificar muchas comodidades por irme a vivir con Fernando…”

 

(…) (me he quedado muda)

(…) (sin palabras me he quedado, oye)

(…) (algo he debido hacer yo mal en la vida)

(…) (a ver, espera, ¿he leído bien?, no, a lo mejor no, vuelve a leer, tú, que seguro que te has equivocado)

(…) (pues yo juraría que no he bebido nada…)

 

¡¡TOCATELOS!! Sí, sí, esos mismos, ¡tócatelos! Que va a renunciar a comodidades, dice la chiquita esta. ¡Y se queda tan ancha, oye! ¡Y lo dice con una media sonrisa, porque si sonríe demasiado se le descascarilla el maquillaje! Mi estupor empieza a convertirse en un incipiente cabreo, pero me acuerdo de dónde estoy, en la pelu, no en mi casa, así que, Vancouver,  no salgas como una exhalación gritando por los pasillos que esta tía no sabe lo que es renunciar a nada, ni sabe lo que es la vida, ni sabe nada de nada.

 

Pero a ver, esta chica, ¿sabe lo que dice? ¿pero le han enseñado algo a esta… (si la insulto me denuncia alguien)? ¿pero tanto dinero de esta familia no sirve ni para dar educación? ¿es que no le han enseñado a mirar más allá de sus estúpidas necesidades? ¿esta chica no ve los telediarios? ¿no ha salido de su círculo de inútiles parásitos sociales? ¿no se da cuenta de que nos está insultando a todos los que luchamos a brazo partido cada día por sacar adelante a nuestras familias, solo para que tengan lo justamente necesario? ¿pero a esta chica nadie le ha hablado de los refugiados de Siria? ¿de los que se mueren de hambre en tantas partes del mundo? ¿de los niños que lloran desconsoladamente en campos de refugiados bajo una lona que hace de vivienda?

Que va a tener que renunciar a muchas comodidades, dice. Desde un ático con piscina.

Hala, Vancouver, eso te pasa por abrir una revista insustancial que alimenta a personas vulgares para que puedan expresar banalidades sin cargo de conciencia.

Perdónnnnn… ¿conciencia?

 

Otro cambio

me da igual

Y va de cambios. Ya dije que estoy en fase de reinvención, como lo llaman ahora. Otra cosa que he cambiado en el blog es mi nombre de usuario; el nombre del blog seguirá siendo el mismo, Momento Soledad (momentosoledad.wordpress.com), pero el nombre de usuario, es decir, de la autora, cambia; yo soy la misma Spatium Veritatem que escribía hasta ahora, pero este nombre ya no tiene mucho sentido, y os contaré porqué. Hasta hace unas semanas, este era mi verdadero espacio donde yo era yo, fuera de convencionalismos y normas; era el único espacio en el que decía lo que pensaba así, sin más, sin anestesia y sin miedo al que dirán cuando me lean los que realmente me conocen. Pero eso ya pasó. Para empezar, no me lee nadie que me conozca personalmente, ya ves tú. He intentado mantener este diario lejos del conocimiento de lo que rodean y, oye, lo he conseguido. Pero es que ahora ya no me importa que se conozca el blog entre los que me conocen. Ya me da igual. Hace unas semanas tomé la determinación de ser sincera siempre con los que me conocen, aunque eso a veces lleva consigo enfados, malas interpretaciones, y falta de comprensión.

Me da igual.

Mi vida ha dado tantas vueltas en tan poco tiempo, que me he vuelto un poco, no, un mucho, indolente hacia la opinión ajena.

Así que he pensado dejarme de nombres simbólicos y retomar el nombre con el que yo hace muchos años escribía relatos cortos. Mi nombre era Vancouver, pero “Vancouver” como tal ya lo tenía otro usuario. Así que le he añadido el 72. Gran año. Os lo digo yo.

No descarto cambiar el nombre del blog. Y dentro de poco incluso a lo mejor pongo mi foto, pero por ahora vamos a dejarlo. No os vayáis a asustar, jajaja.

Besoooos.

ENFADITIS AGUDA

mafalda3

Decía Camilo José Cela, o eso creo, lo mismo lo decía otro, vete tú a saber, que las musas siempre te pillan trabajando. Vamos, que si no te pones a ello, no esperes que vengan. Y eso me pasa a mi hoy, que no sé de qué hablar. Estoy tan encabronada con las bobadas de la vida, que no veo el paisaje. No tengo perspectiva, no puedo hablar de nada si no es despotricando de algo. Qué antipática, ¿no?  Que tía tan amargada, pensaría yo de mi misma si me viera desde fuera (y no supiera que soy yo misma esa que estoy viendo, claro, of course, como dirían los pijos). Y me veo, claro que me veo. Pero es que no lo puedo remediar. Tengo una enfermedad últimamente, que no sé si llamarla “encabronitis aguda” o “amargura de vieja prematura crónica”. ¿Existe eso? ¿Sabéis alguno de qué os hablo?

Veamos, os cuento la historia clínica: paciente de 43 años (¡ostras!, ¿si?, ¿yaaa? ¿cuarentay treeees?), viene a consulta afectada por un agudo enfado con todo lo que le rodea (absolutamente todo, la paciente subraya ese “todo”). En la exploración: palpación abdominal normal, no fiebre, no ganglios inflamados. Visión normal, orientada. Recomendamos seguir haciendo vida normal y estar alerta a posibles altercados hasta, quizá, con las farolas.

El caso es que en los dos últimos meses he experimentado un cambio radical en mi vida, en principio, para bien. Pero todo este cambio lleva consigo un dato que es el que creo que realmente está revolucionando mi cabeza, mi corazón y mi órganos enfadatorios: mi marido se ha convertido en mi compañero de trabajo. De repente, trabajamos codo con codo, formamos un equipo de dos que, si funciona coordinadamente, todo va sobre ruedas; pero que como haya descoordinación, uno de los dos se carga de trabajo. Además, vivimos en el mismo sitio en el que trabajamos, así que, claro, lo que uno no hace o hace mal, repercute en la propia convivencia.

O sea, el acabose. ¿O era el continuose del empezose de ustedes, Mafaldita?

Así que por hache o por be, acabamos discutiendo (mentira, discuto yo, que todo me importa mucho, porque por él, daba todo igual) toooodos los santos días. Y yo me canso. Si no veo ni el telediario (y cuando empiezo a verlo, me quedo dormida; así que lo único que sé del mundo exterior es que hay una oleada de refugiados de vergüenza y poco más) del cansancio que me provoca este estado. Así que claro, es que no tengo ni tema de conversación; mi única salida diaria es la que hago con mi moquete de un año por las tardes al parque (por llamar de alguna manera esos dos metros cuadrados de columpios apiñados para todo un pueblo) a darle de merendar y tomarme yo mi zumo y mi cigarro (¿zuuumo?, sí, zumo, aunque a veces creo que necesitaría un par de cubatas, pero no es cuestión a las seis de la tarde y con mi moquete del alma). Mi única salida en la que, además, como no conozco a nadie, pues eso, que no hablo con nadie. Si es que encima me he vuelto antisocial, que no es que la gente no me hable, es que no quiero que me pregunten ni mi nombre. Y en un pueblo, otra cosa no, pero preguntas…

La única con la que he entablado un poco de conversación es con la dependienta de la droguería. Y me da que lo hace porque es su trabajo.  En fin, el acabose.

Si hablo con algún terrícola, os iré contando.

A MI MANERA

Pocas actuaciones me parecen tan auténticas, tan verdaderas y tan rotundas. La canción da mucho de sí, y el intérprete ni te cuento.

Y es que, a veces, cuando veo este tipo de actuaciones, tan, tan, tan, tan no sé qué,  que me arranca de cuajo de lo hondo de mi alma un “yo también”. Y casi siempre, alguna lágrima de emoción.  Que si se tratara de firmar en algún sitio, yo firmaba ya.

A mi manera, si. A mi manera, porque es la mía, porque es mi vida, porque no tengo que dar cuentas a absolutamente nadie, y menos a ti. Qué casualidad  que las personas que más te vuelven la espalda, que más pasan de ti excepto cuando les vienes bien para algo, son las que te piden cuentas de tus propios actos, de tu propia vida. Y para más inri, dándoselas de ejemplo a seguir, ejemplo de vida “buena”. Hipócritas de mierda.

Que sepas que tengo escrita ya una entrada para este blog, diciéndote unas cuantas cosas (qué pena que no seas de leer tú, ni que sepas de la existencia de este diario mío; pero cómo vas a saber de la existencia de algo que no es tuyo, si jamás te ha importado nada de lo que ocurriera fuera de las paredes de tu casa ni nada fuera de los límites de tu pobretona existencia). Pues sí, la tengo escrita, pero es tan cáustica, que ni yo estoy preparada para publicarla. Lo tengo en mi carpeta de “borradores”. Y ahí está, agazapada, esperando a ser liberada. Todo llegará.

A lo que iba, a mi manera. Ya no espero nunca que alguien entienda o comprenda mis actos. Para poder hacerlo tendría que conocer las razones, y yo, yo, yo ya no doy razones a nadie. Pero a nadie es a nadie. ¿Para qué? Para oir: “chica, no te entiendo”, que es algo que me repatea. Además, que para entenderme, ese alguien tendría que ser yo. Y no lo es. Tener mi historia, mis éxitos (poquitos, poquitos) y mis fracasos (a porrillo), mis experiencias y mis faltas de experiencia.

Y además, que ya no tengo ganas. No tengo ganas de dar explicaciones a nadie de nada. Que estoy cansada de tener que hacer entender a los demás lo que para mi es obvio, lógico y razonable. Que me da igual todo ya. Que nadie es quien para juzgar, ni para opinar.

Que si lo hice, lo hice a mi manera.

“Pues que es un hombre, ¿qué es lo que ha conseguido?
Si no es a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
Y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que asumí los golpes
Y lo hice a mi manera”

REINVENTARSE

Ahora lo llaman reinventarse. Lo que toda la vida de Dios yo he llamado borrón y cuenta nueva. Y es que si he faltado todo este tiempo (desde mayo, según mis cálculos), no ha sido por pereza (bueno, un poco sí) o por olvido (de eso ni pizca, cada día recordaba yo mi rincón de libertad). Ha sido porque en mi vida ha habido unos meses de proceso catártico, de cambio constante y a ritmo vertiginoso.

Si he de ser leal a la verdad he de decir que los tres primeros meses estuvieron llenos de miedo, de inquietud, de, incluso,  a veces terror. No era un miedo a lo físico, sino a lo venidero, a lo plausible, al futuro. Había un día marcado en el calendario de julio que era clave para mi y mi familia. Ese día podía significar una rotura total en nuestras vidas o podía ser el final de una larga pesadilla. El día llegó. Y los acontecimientos no fueron muy halagüeños. Todo pintaba mal, muy mal. Tan mal que no podía recomponer mi ánimo como no podía recomponer mi intestino, ya sabes, ¿cómo se dice?, efectos psicosomáticos. Después de ese día había que esperar entre una y dos semanas para conocer el futuro real que le esperaba a mi familia.

Yo soy de las que tiran para adelante siempre, sea como sea, aunque sea con la cabeza en la mano y arrastrando una pierna. Soy de las que se agobian en el primer momento y dos segundos más tarde ya estoy maquinando cómo hacer para que las cosas cambien a mejor. Soy de ésas que no se amilanan, de las que siempre tiene proyectos que pensar, llamadas que hacer y gestiones que intentar. Soy de ésas.

Y sin embargo esa semana y media era como una momia ambulante. En casa no, en casa seguía tirando de todos y poniendo buena cara, porque si me hundía yo no iba a será nada bueno para la familia. Una semana y media de verdadera espera impaciente.

Y de repente, una llamada. Una llamada liberadora, una llamada dando la gran buena noticia que en el fondo de mi ser estaba esperando y pidiendo a gritos. Llegó la respuesta dando fin a una pesadilla que ha durado demasiado tiempo. Y a esa llamada siguieron unos días de alivio profundo, de relax y de empezar a pensar en más planes y más proyectos.

Y en dos semanas más llegó la oportunidad que esperaba,  la oportunidad para coger todos mis (nuestros) bártulos y hacer ese borrón y cuenta nueva. Y tan nueva. Tan nueva que hay días en que me despierto y todavía no me reconozco en mi propia vida, ni reconozco la vida que me ha tocado vivir ahora como una nueva puerta a la libertad más absoluta.

Se acabaron los coches, los semáforos y los sonidos de la ciudad. Ahora solo escucho el sonido de la tranquilidad, un silencio donde se pueden escuchar a las estrellas en movimiento.

Y aquí estoy. Otra vez. Tampoco ahora sé lo que durará. Ya veremos. Me encantaría que este blog o diaro o como se llame formara parte de mi el resto de mi vida. Pero a veces no sabes lo que te depara la vida veinticuatro horas después.

Hoy por hoy, aquí estoy.

Yo voy a aprovechar el momento.

¿y tú?

Sé auténtico

Y ahí va el segundo consejo que conforma esta serie de cuatro que Pablo Motos dio en el programa El Hormiguero 3.0: “Las personas se vuelven increíblemente guapas cuando son auténticas, es decir,  precisamente cuando no piensan en lo que opinan los demás”.

Y otra verdad de la buena. Y es que cuánto tiempo y, sobre todo, cuántas energías perdemos en pensar qué opinarán los demás de nosotros.  Y normalmente no nos preocupamos sobre qué pensarán acerca de nuestros actos, sino que opinarán sobre nuestra imagen.

Pero no vamos a decir que es una bobada. No, no es una tontería pensar que nos van a enjuiciar por nuestra imagen. Porque es verdad.

La imagen manda. Es así. Nos guste o no. Los que no nos conocen nos miden por la primera impresión, y ésa, se forma de lo que se percibe de nuestra imagen. Y de cómo vestimos, y de cómo nos movemos, y de cómo vamos peinados, y de qué color llevamos el pelo, y, si somos mujeres, hasta de cómo vamos maquilladas, o no. Y en un segundo lugar, una vez hemos abierto la boca, de cómo nos movemos, de cómo hablamos, de qué expresiones usamos. Quizá ésta sería una vara de medir más justa con nuestro interior, pero te digo una cosa, baby: si tu imagen ha causado un desastre en la percepción del interlocutor, olvídate. La primera impresión causada por valores meramente físicos es la que hace huella.

Vale, esto es un hecho. Y eso es lo que provoca tu  pérdida de energía cavilando sobre lo que pensarán de ti. Y ahí está el error. No voy a negar lo innegable: la gente es idiota y te van a juzgar por lo que ven. Pues sí, es así, mira tú. Pero ahí está el consejo: pasa de todo eso. A quien te tienes que gustar es a ti. Y a nadie más. Y me da igual que lleves corbata o rastas. A quien le tiene que gustar, quien se tiene que sentir a gusto con su imagen, eres tú. Te tienes que poner delante del espejo y pensar: ¿me gusto? ¿si?, perfecto, adelante con la cabeza bien alta; ¿que no te gustas y te dan ganas de llorar?, pues dime qué quieres cambiar y hazlo. La mayoría de las veces no es cuestión de grandes cambios: basta con un cambio de peinado (es que el que llevo es muy rancio, muy extremo o simplemente me trae malos recuerdos), o un cambio de estilo en la ropa; hay grandes almacenes a precios realmente bajos, y unido a que a veces basta con un par de prendas nuevas combinadas con lo antiguo, pues tampoco es para tanto. Si eres mujer, maquíllate, es un consejo mío personal; que cuando te mires en el espejo, pienses “ya le gustaría a la Julia Roberts esa” (que dicho sea de paso, tiene una boca como un buzón, y ya ves, le llaman la novia de América). Maquíllate, si, como en la canción de Mecano; a tu estilo, gótico, pijo-tonto, o natural-como-una-manzana. Que sea tu estilo, pero maquillada. Te prometo una cosa: te mirarás en el espejo, y te vendrás arriba, y te comerás el mundo. Ya te digo qué tontería lo que hace un rímel, oye.

Y de repente, en tu mente, aparecerá la pregunta prohibida: ¿qué pensará Menganito o Fulanita cuando me vea así? Bueno, la pregunta no es que sea prohibida; te la puedes hacer; te dejo. Lo que no te permito es que te contestes. La única respuesta posible, la única verdadera, la única que te llevará a la felicidad, la única que te hará verdaderamente guapa y brillante es: ni lo sé ni me importa.  Si haces que la opinión de los demás, sea quien sea ese “demás”, te importe un pimiento, brillarás con luz propia, iluminarás allí donde estés, y si te descuidas, y sin que te des cuenta, habrá no una, sino dos o tres que quieran copiar algo de lo tuyo. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que tú serás guapa de verdad por fuera y por dentro, porque serás feliz.

Pero queda una pregunta que nos solemos hacer: ¿y si soy ridículo, y si soy un espantajo, y nadie me lo dice por mi aparente seguridad en mi mismo? Mira, no te voy a mentir: los hay. Hay gente que va por la vida haciendo el ridículo (a veces con abrigo de pieles, a veces con chándal) y es inmune al que dirán, lo que no le ayuda, para nada.

Pero no va a ser tu caso. Palabra de Spatium Veritatem. Porque tú ya te lo has planteado. Esos otros jamás se plantean si van dando pena. Tú sí, ya lo has hecho. Es la prueba de que eres una persona guapa, guapa. Así que olvídate y pisa fuerte en tu camino de baldosas amarillas.

Y sé feliz, muy feliz.

Haz lo que te gusta

Cada noche, en mi casa, vemos el programa El Hormiguero 3.0. Para entonces el usuario de pañales de la casa ya ha cenado y debería estar durmiendo y soñando con lo que sea que sueñe. Así que es el momento de cenar los mayores, ponernos delante de la tv y dejar de pensar, maquinar, calcular, programar y decidir. Es el momento de descansar (hay quien se pone a planchar a esas horas, yo soy incapaz; me debo estar haciendo mayor, o a lo mejor es que he sido siempre una burguesa de mierda, ya ves). Y qué quieres, para mí, uno de los mejores descansos de la cabeza es la caja tonta. La lectura la dejo para otros momentos, como cuando hay futbol. El caso es que a esas horas cenamos en el cuarto de estar, con la tele delante, dispuestos a que otros nos ayuden a desconectar de la realidad un ratito. Y solemos ver El Hormiguero 3.0. Buen rollo, entrevistas distendidas, momentos de risa, y a veces, también de reflexión. Es el caso del otro día.

El día que entrevistaron a Melendi, que no me acuerdo que día fue, emitieron un video realizado por una tal Dulcinea, muy interesante; demostraban a unas cuantas personas que la belleza la llevamos dentro y que hay que quererse. Pero no me detengo en esto, sino en que, después del video, Pablo Motos, al que considero un tío muy inteligente (al loro, que he unido “tío” y “muy inteligente” , ¿eh?), dio cuatro consejos buenísimos. El los llama reglas, pero yo prefiero referirme a ellos como consejos. Y sobre esos cuatro consejos iré diciendo mis “tontás”entrada a entrada.

Primer consejo: y cito textualmente: “Haz lo que te gusta y estarás más guapo. No hay ninguna crema con ese poder. Cuando haces lo que te gusta tu vida mejora”.

Y es verdad. Una verdad como un templo. Tiene más razón que un santo. Verdad de la verdadera. De la buena.

Y es que es verdad y todos hemos tenido esa experiencia alguna vez: cuando haces algo que te gusta, es que no te cansa, ni te desgasta, al revés, que te pone las pilas, oye. Y te encuentras mejor, contigo mismo y con el mundo. Ves las cosas de otro color. Tu vida mejora, efectivamente, eres más positivo, estás a buenas con los demás y encima, tienes buena cara. Pero si es que es verdad.

Y más de uno pensará, como pensé yo: ¿y quién es el bonito que se dedica a lo que le gusta? ¿Quién, hoy en día, tiene el privilegio de dedicarse a aquello para lo que estudió, o aquello que le llena de ilusión y de energía? Pues sinceramente, pocos.

¿Pero es que a que nos referimos cuando decimos “hacer lo que te gusta”? ¿Por qué siempre, inevitablemente, pensamos en el trabajo? Bueno, vale, porque va y resulta que es donde más horas pasamos al día (si es que somos de los privilegiados que tienen un trabajo, claro).

Pero le podemos dar la vuelta. Podemos pensar: vale, mi trabajo no me emociona, no es lo mejor del mundo, o incluso, es una fuente de angustias. Vale, ¿qué hacemos? No puedo dejar que mi vida sea un infierno porque mi trabajo, que al fin y al cabo, es solo un medio para otros fines, sea el que dirija la vivencia de la mi vida en general.

Veamos. Si mi trabajo es una fuente de presión y angustia y no me gusta, lo más probable es que yo sea un empleado de otro. Así que, que se preocupe el otro. Que se angustie el otro, y la presión se dirija hacia él. Si yo cumplo con mi cometido y me esfuerzo y lo hago bien, los resultados me deberían dar igual. Mi objetivo es trabajar bien y mi resultado es que yo he trabajado bien. Y punto. Y ahí es donde mi trabajo me puede hacer feliz, en el gusto que da hacerlo bien. Así que vamos a desestresarnos con el trabajito dichoso, que al fin y al cabo, no es la finalidad de la vida.

Y mientras no estoy en el trabajo, ahí es donde tengo que enfocar toda mi energía, de donde la tengo que sacar (la energía, digo) y donde tengo que hacer lo que me gusta y ser feliz.

Y ahí nadie tiene excusas. Todos podemos hacer lo que nos gusta. Hay a quien le gusta estar con su familia, a quien le gusta salir con los amigos día sí día también, y a quien le gusta meterse en un cine y hacer críticas en un blog. Me da igual lo que te guste: cuidar flores, escalar montañas, leer libros de dos en dos. Correr, bailar, coser patchwork. Da igual. No, es que a mi me gusta decorar árboles de Navidad en julio. Perfecto. No, yo prefiero cocinar y luego regalar postres a mis amigos. Olé tú, ya ves.

Y es que no hay mejor receta: dime qué te gusta, ponte un plan, y verás cómo te mejora la cara, estás más guapo y tu vida mejora. Y ahí está el quid: en el plan. Porque si no, no hay manera. Si quieres hacer lo que te gusta, tienes que hacerte un plan; si no, siempre habrá algo que se ponga por delante: la renovación del DNI o quitarle los mocos a tu hijo. Así que hagamos un plan, busquemos el momento adecuado y el lugar perfecto. Y si no lo hay, lo creamos: hacemos hueco físico y temporal.

Te garantizo que funciona. Yo, estoy más guapa desde que escribo este blog.

Y no, no hay ninguna crema con ese poder.

Que paséis buen día.